Cap. VI
Berta bajaba corriendo las escaleras de su casa, se
dirigía al cuarto piso, donde vivía la señora Fina.
- ¡PLOFFF!. – Sonó un terrible estruendo en el rellano del
cuarto piso, justo enfrente de la vivienda de la citada señora.
Una viejecita salió corriendo a la escalera.
- ¡Berta!, ¡Berta!, ¿t´as hecho daño?
- No..., creo que no... – Contestó la niña no demasiado
segura.
- Pero... ¡cómo t´as caído así por la escalera? ¿acaso
t´espera el novio?. Anda, entra en casa. – Dijo la anciana señora metiendo a la
niña en el cuarto de estar de su vivienda.
- ¡Oh, no!, ¡si no tengo!, es que esta noche tuve un
sueño, soñé que una bruja me perseguía por la escalera, yo corría de tramo en
tramo, pegaba unos saltos enormes, y a veces conseguía saltar los peldaños de
seis en seis, incluso de nueve en nueve...
En fin..., quise probar si me salía despierta, y cuando
iba a saltar los seis escalones, me pegué el trompazo.
La niña calló de repente, mientras observaba atenta el
algodón que la viejecita empapaba en agua oxigenada.
- ¡No me ira a poner…!, ¡ESO!.
- ¡Claro que sí! que t´as hecho sangre, y hay que curarte.
- Pero...¡me va a escocer!
- Anda..., anda..., que exagerá..., ¡pos ni que fuera
sarna!.
De cualquier modo, haciendo gala de unos pulmones
excelentes, Berta comenzó a chillar como una energúmena.
- ¡UUUAAAYYY...!
- ¡Schsssss, calla..., pos si entoavía no t´e tocaó...!
- Y..., pues por eso grito, para que cuando lo haga no
crea que chillo de dolor.
La señora Fina meneó la cabeza desconcertada, al fin la
niña pareció quedarse quieta, y limpió con el algodón la herida que Berta lucía
en su rodilla.
- ¿Por qué no me hecha mercromina?
- ¿Pa que la quieres?, si ya´stas compuesta, no vas a
morir por una heridita de ná...
Ya..., pero es que con mercromina queda mejor, sobretodo
si es roja. ¿De que sirve herirse si nadie se entera?, con mercromina roja una
queda como en las pelis de guerra.
- Ya vamos... lisiá..., ¿no? ¡Señor!, que cosas hay que
oír, en mis tiempos las cosas no eran así...
- ¿Cómo eran?. – Preguntó Berta.
Y la anciana comenzó a relatar...
La señora Fina tenía noventa años, era una mujercita
pequeña y enjuta, pertenecía a esa generación de madrileños del pasodoble y el
chotís.
En sus tiempos de moza, había sido corsetera en un taller
de la Plaza de la Paja , y era famosa en el
casco viejo, por su gracejo y simpatía, solo tenía un defecto, era muy, pero
que muy fea.
La señora Fina vivía en el tercero, y Berta algunas veces
iba a su casa para hablar con ella, o simplemente para jugar con los miles de
retazos de tela y paja que tenía en
casa, con los que la anciana la enseñaba a coser, (aunque la niña era negada
para la costura pues no tenía paciencia) y hacer cestitas y sombreritos para
las muñecas (ocupación que aprendió después de la guerra civil).
En muchas ocasiones, rememorando su juventud le contaba
divertidas historias, como esta que pasamos a transcribir.
...Eran los años veinte, la señora Fina paseaba con su
mantón y su pañoleta a la cabeza, muy compuesta por la Plaza de la Paja , a la puerta de un
taller un hombre la gritó.
- ¡Eso es una mujer fee...!
- ¡Habrase visto...! ¡sinvergüenza!. – Se volvió la joven
corsetera indignada.
- ¡...feeeliz...! que no m´a dejaó usté, ...acabar...
- ¡Ah bueno...! creí que tendría que responderle a usté
que es el hombre que más malll...
- ... ¿Más
mal...ajé... que ha encontrao?, ¿por un casual?
- ¡Que más m´alagaó...!. – Y con una sonora carcajada, la
muchacha siguió su camino muy contenta.
El caso es que la joven Fina siguió pasando por aquel
taller todos los días, y tras varios años de pelar la pava (como se decía antes)
ocurrió lo inevitable.
El dueño del taller y la corsetera se casaron y se
establecieron en el tercer piso de la casa donde hoy vive Berta.
En aquellos tiempos, la gente no era como hoy, era mucho
más abierta y dicharachera, y también mucho más supersticiosa, o si se prefiere
más creyente.
Es el caso, que en el segundo piso vivía una anciana que
se llamaba Doña Justa.
Doña Justa era una mujer baja y delgada, que siempre
vestía de negro, cubierta por completo por un mantón y una pañoleta a la cabeza
de este color, lo que hacía que la imaginación del vecindario se disparara,
pues además era conocida de todos su afición por el ocultismo, que la llevaba a
organizar sesiones de espiritismo todos los miércoles a la caída de la tarde.
Hay que aclarar que esta práctica estaba muy en boga,
desde que dos hermanas inglesas (las hermanas Fox) la descubrieron a mediados
del siglo XIX. Se comunicaban con el más allá a través de golpes en las
paredes.
Y cambiando de tema, para entender lo que se va a relatar,
hay que tener en cuenta que las puertas de los diferentes pisos de las casas,
permanecían abiertas hasta el anochecer. (Eran otros tiempos) Sólo la portera,
estaba encargada de vigilar si algún extraño entraba o salía del edificio, por
lo que si se producía algún robo, la principal sospechosa sería ella.
La señora Fina, hablaba mucho con todos los vecinos de la
casa, y entre sus virtudes era patente la de conocer bien a aquellos con los
que trataba.
Un día..., la joven Fina se dirigió al chiscón de la
portería.
- Oiga, señá Brígida... ¿no habrá visto usté por un
casual... un acerico que se ma perdío...?
- No..., yo no visto ná... ¿por qué me pregunta a mí?,
¿acaso no estoy aquí metía to´l día.
- No... si ya, pero como su marío dijo ayer que sólo un
listo se hace rico..., pos oiga..., que a lo mejor el acerrico, se lo ha
llevaó un listo...
- ¿Está usté llamando ladrón a mi marío?. – Gritó furiosa
la señá Brigida.
- ¡Oh no...!, si sólo pregunto que ¿si ha encontraó usté
mi acerico? ¡que se ma..., perdío...!
Por fortuna, el matrimonio del principal, gente de mucho
dinero y educación, (y propietarios de la finca en cuestión por aquellos días)
bajaba en ese momento se evitó una
tragedia.
La señora Fina subió a su casa, sita en el tercer piso,
rezongando. - ¡Esto no va a quedar así! ¡no señor! ¡pos estaríamos aviaos!.
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Una semana más tarde de estos acontecimientos, la noticia
era Doña Justa, había fallecido y nadie lo sintió demasiado, pues todos la
tenían un poco de miedo y hasta la llamaban “bruja”.
Por si acaso, todos los vecinos de la casa asistieron al
funeral, todos menos la portera, claro está.
La señora Brígida, hacia calceta, siempre atenta a
aquellos que entraban y salían, mientras pensaba en la difunta y en las
macabras bromas que solía gastar refiriéndose a su propia muerte.
- Ya volveré por aquí, no se preocupe, y descubriré quien
me ha cogido mis agujas de hacer calceta.
La portera sintió como un escalofrío recorría su espalda,
dejó su calceta en la cesta de la costura, y se dispuso a bordar un paño para
la mesa de su saloncito. Fue a coger la aguja, estaba en el acerico de Doña
Fina, la mujer se detuvo pensativa observándolo fijamente.
Las palabras de Doña Justa resonaban en sus oídos.
- Ya volveré para descubrir quien me ha cogido las agujas
de hacer calceta...
Se santiguó y rezó un padrenuestro, intentando olvidarse
de sus pequeñas obras de artesanía doméstica.
De modo que, cruzada de brazos, espero la llegada de la
vecindad, que en aquellos momentos, escuchaba atentamente la misa por la
excéntrica señora del segundo.
-
¡POOOM...! ¡POOM...! ¡POOM...!. – Sonaron tres golpes secos en la pared,
justo detrás de ella. - ¿Qué ha sido eso?. – Pensó la señora Brígida comenzando
a inquietarse.
Se oyó abrir la puerta de cristal del portal.
- ¡Hola, buenas tardes!. – Saludó la señora del principal, si, esa a la que había hurtado
unos guantes de fino raso.
- ¡Hola..., hola!. Buenas tardes tenga usté señora. – Contestó intentando parecer serena. - ¿Qué
tal el funeral?
- ¡Oh! Ha estado muy bien..., el párroco ha hablado muy
acertadamente al decir que aunque Doña Justa ya no este con nosotros
físicamente, lo está su espíritu.
- Si, ha estaó mu acertaó... – Respondió la portera con
un hilito de voz. Se quedó escuchando
meditabunda, como gradualmente se atenuaban los pasos de la señora del
principal mientras subía la escalera..., por fin..., una puerta se abrió y se
oyó cerrarse después.
- ¡POOMMM…!
¡POOM…! ¡POOM...!. – La señora Brígida comenzó a temblar, los golpes
sonaban en la habitación de la caldera, y la llave estaba en su bolsillo, ¡no
podía haber nadie en ella!
La puerta de la calle volvió a abrirse.
- Buenas
tardes, Señor Elizalde.
- ¡Hola! – Saludó amable, un señor de edad avanzada.
La portera cogió un rosario, iba a comenzar a rezar,
pero... ¿aquel no era el de la esposa del caballero que acababa de entrar?. Lo
cogió de la mesilla de la pobre mujer, aprovechando aquella enfermedad que la
retuvo en cama tanto tiempo.
-
¡POOM...! ¡POOMM...! ¡POOMMM...!
La mujer abrazada a un almohadón miró por la ventanilla de
la portería para ver quien venía en esta
ocasión, pero no aparecía nadie.
Muerta de miedo, se escondió detrás de la cortinilla de la
ventana, no pasaba nada..., volvió a descorrer el visillo.
- Bah..., son imaginaciones mías, los fantasmas no
existen.
De repente, un trote como de cien caballos, se oyó bajar
por la escalera haciendo temblar todo el chiscón.
Debe de ser la niña del quinto, que baja corriendo a jugar
como todos los días.
Se asomó a la ventanilla para saludarla y...
- ¡UUUAAAYYYY...!
La puerta de la portería se abrió precipitadamente, y una
mujer de sesenta años salió corriendo con la agilidad de una chavala de quince...,
y no paró hasta llegar a la parroquia, donde con grandes aspavientos, comenzó a
describir (con todo detalle) sus robos al párroco que la escuchaba atento en la
sacristía.
- Pero... ¡mujer!, - intentaba calmarla el ministro de la Iglesia.
- Padre, Doña Justa ha vuelto a por mí, y he robaó unos
guantes de raso, y un acerico, y un rosario, y las agujas de hacer calceta de
la finada y ...tome... dos reales que le tomé prestaos cuando vino a dar la
extremaunción a la difunta...
El sacerdote la miraba atónito.
- ... Por cierto padre, no vea si corría...
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Una niña de doce años se dirige por el Viaducto a su
colegio, allí una monja la recibe con entusiasmo.
- ¡Oh! ¡pero que bien estás! Pareces enteramente una
viejecita..., ¿cómo se te ha ocurrido la idea de teñirte el pelo con polvos de
talco y taparlo con una pañoleta negra?, ¿y de donde has sacado ese mantón
negro tan precioso?
- Me lo regaló una señora muy simpática que vivía en mi
casa y que acaba de fallecer.
- ¡Oh!, ¡es maravilloso!, de veras, vas a estar fantástica
en la obra de esta noche, pareces enteramente un personaje de “Arniches”.
La obra representada era un sainete en dos cuadros de Don
Antonio Ramos Martín, titulada, “El sexo débil”.
La obra podría resumirse así, dos matrimonios, uno joven y
otro anciano, (en los que la anciana domina al marido y el joven a su esposa)
sufren un cambio de roles por avatares imprevistos.
La obra recibió grandes ovaciones y la niña tuvo un gran
éxito.
Cuando la chiquilla que representaba el papel de la
anciana llegó a su casa, (bien entrada la noche) se encontró en el portal con
los porteros, que discutían acaloradamente con un cura.
Tan enfrascados estaban todos, que la niña cruzó el portal
pasando inadvertida y con curiosidad lógica de la edad, se quedó parada en los
buzones para escuchar.
- Pero a ver..., que yo me entere..., ¿quién daba los
golpes?. – Preguntó el sacerdote.
- Pos yo..., ¿quién si no?. – Decía el portero.
- ¿Tú?. – Gritó la señora Brígida. – espera que lleguemos
a casa, ¡que voy a hacer contigo un cocido!.
- ¡Calma..., calma...! – Intentaba aclararse el cura. -
Y... ¿por qué daba usted los golpes?
- Pos... ¿pa que va ser...?, pa que funcione la caldera,
que s´han quejaó los señoritos del
principal...
- ¡Lo mato, Señor...! ¡LO MATO...!. – Chilló la portera
echándole las manos al cuello.
Afortunadamente apareció la señora Fina alertada por los
gritos, y con ella toda la comunidad de vecinos, la señora Brígida calló de
inmediato.
- ¿Decías algo..., parienta?. – Preguntó el portero a su
mujer.
- No, na..., na...
- ¡Ah...! parecióme... ¡andando jaca! ¡al redil!.
El matrimonio desapareció por la escalera interior y el
sacerdote volvió a su parroquia, mientras los indignados vecinos subían a los
diferentes pisos, capitaneados por la señora Fina.
En cuanto a los objetos robados, fueron devueltos a sus
propietarios de una forma un tanto singular, el párroco los fue repartiendo por
los pisos con los mejores saludos del más allá.
¿Y que ocurrió con la señora Brígida?
Duró pocas semanas más en la casa, pero las cosas habían
cambiado para ella, pues su marido se puso por fin los pantalones, y la mujer
dejo de robar, a riesgo de ser denunciada por él mismo, a la guardia civil.
Lo más curioso es que la portera empezó a mirar con otros ojos a su marido desde aquel
momento.
Incluso le llamaba con gran orgullo. - ¡Mi hombre!.
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La señora Fina había acabado su historia, Berta que
escuchaba embobada, preguntó.
- ¿Ya no hay más?
- ¿Te paice poco?, ¡ya es mu tarde! Ties que volver a casa
a cenar, que si no luego..., me regañan tus padres a mí.
- Esta bien, me voy..., pero antes dígame..., ¿quién era
aquella niña que corría por las escaleras disfrazada de anciana?
- ¡Oh!, ¡aquella niña...!, era tu abuela. – Respondió
sonriendo.
- ¡La abuela!, ¿corría como un caballo desbocado por las
escaleras?
- Si, corría que se las pelaba...
Anciana y niña se miraron estallando en carcajadas.
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