domingo, 27 de diciembre de 2015

LA SEÑORA FINA


Cap. VI
LA SEÑORA FINA

Berta bajaba corriendo las escaleras de su casa, se dirigía al cuarto piso, donde vivía la señora Fina.
- ¡PLOFFF!. – Sonó un terrible estruendo en el rellano del cuarto piso, justo enfrente de la vivienda de la citada señora.
Una viejecita salió corriendo a la escalera.
- ¡Berta!, ¡Berta!, ¿t´as hecho daño?
- No..., creo que no... – Contestó la niña no demasiado segura.
- Pero... ¡cómo t´as caído así por la escalera? ¿acaso t´espera el novio?. Anda, entra en casa. – Dijo la anciana señora metiendo a la niña en el cuarto de estar de su vivienda.
- ¡Oh, no!, ¡si no tengo!, es que esta noche tuve un sueño, soñé que una bruja me perseguía por la escalera, yo corría de tramo en tramo, pegaba unos saltos enormes, y a veces conseguía saltar los peldaños de seis en seis, incluso de nueve en nueve...
En fin..., quise probar si me salía despierta, y cuando iba a saltar los seis escalones, me pegué el trompazo.
La niña calló de repente, mientras observaba atenta el algodón que la viejecita empapaba en agua oxigenada.
- ¡No me ira a poner…!, ¡ESO!.
- ¡Claro que sí! que t´as hecho sangre, y hay que curarte.
- Pero...¡me va a escocer!
- Anda..., anda..., que exagerá..., ¡pos ni que fuera sarna!.
De cualquier modo, haciendo gala de unos pulmones excelentes, Berta comenzó a chillar como una energúmena.
- ¡UUUAAAYYY...!
- ¡Schsssss, calla..., pos si entoavía no t´e tocaó...!
- Y..., pues por eso grito, para que cuando lo haga no crea que chillo de dolor.
La señora Fina meneó la cabeza desconcertada, al fin la niña pareció quedarse quieta, y limpió con el algodón la herida que Berta lucía en su rodilla.
- ¿Por qué no me hecha mercromina?
- ¿Pa que la quieres?, si ya´stas compuesta, no vas a morir por una heridita de ná...
Ya..., pero es que con mercromina queda mejor, sobretodo si es roja. ¿De que sirve herirse si nadie se entera?, con mercromina roja una queda como en las pelis de guerra.
- Ya vamos... lisiá..., ¿no? ¡Señor!, que cosas hay que oír, en mis tiempos las cosas no eran así...
- ¿Cómo eran?. – Preguntó Berta.
Y la anciana comenzó a relatar...
La señora Fina tenía noventa años, era una mujercita pequeña y enjuta, pertenecía a esa generación de madrileños del pasodoble y el chotís.
En sus tiempos de moza, había sido corsetera en un taller de la Plaza de la Paja, y era famosa en el casco viejo, por su gracejo y simpatía, solo tenía un defecto, era muy, pero que muy fea.
La señora Fina vivía en el tercero, y Berta algunas veces iba a su casa para hablar con ella, o simplemente para jugar con los miles de retazos de tela  y paja que tenía en casa, con los que la anciana la enseñaba a coser, (aunque la niña era negada para la costura pues no tenía paciencia) y hacer cestitas y sombreritos para las muñecas (ocupación que aprendió después de la guerra civil).
En muchas ocasiones, rememorando su juventud le contaba divertidas historias, como esta que pasamos a transcribir.
...Eran los años veinte, la señora Fina paseaba con su mantón y su pañoleta a la cabeza, muy compuesta por la Plaza de la Paja, a la puerta de un taller un hombre la gritó.
- ¡Eso es una mujer fee...!
- ¡Habrase visto...! ¡sinvergüenza!. – Se volvió la joven corsetera indignada.
- ¡...feeeliz...! que no m´a dejaó usté, ...acabar...
- ¡Ah bueno...! creí que tendría que responderle a usté que es el hombre que más malll...
- ...  ¿Más mal...ajé... que ha encontrao?, ¿por un casual?
- ¡Que más m´alagaó...!. – Y con una sonora carcajada, la muchacha siguió su camino muy contenta.
El caso es que la joven Fina siguió pasando por aquel taller todos los días, y tras varios años de pelar la pava (como se decía antes) ocurrió lo inevitable.
El dueño del taller y la corsetera se casaron y se establecieron en el tercer piso de la casa donde hoy vive Berta.
En aquellos tiempos, la gente no era como hoy, era mucho más abierta y dicharachera, y también mucho más supersticiosa, o si se prefiere más creyente.
Es el caso, que en el segundo piso vivía una anciana que se llamaba Doña Justa.
Doña Justa era una mujer baja y delgada, que siempre vestía de negro, cubierta por completo por un mantón y una pañoleta a la cabeza de este color, lo que hacía que la imaginación del vecindario se disparara, pues además era conocida de todos su afición por el ocultismo, que la llevaba a organizar sesiones de espiritismo todos los miércoles a la caída de la tarde.
Hay que aclarar que esta práctica estaba muy en boga, desde que dos hermanas inglesas (las hermanas Fox) la descubrieron a mediados del siglo XIX. Se comunicaban con el más allá a través de golpes en las paredes.
Y cambiando de tema, para entender lo que se va a relatar, hay que tener en cuenta que las puertas de los diferentes pisos de las casas, permanecían abiertas hasta el anochecer. (Eran otros tiempos) Sólo la portera, estaba encargada de vigilar si algún extraño entraba o salía del edificio, por lo que si se producía algún robo, la principal sospechosa sería ella.
La señora Fina, hablaba mucho con todos los vecinos de la casa, y entre sus virtudes era patente la de conocer bien a aquellos con los que trataba.
Un día..., la joven Fina se dirigió al chiscón de la portería.
- Oiga, señá Brígida... ¿no habrá visto usté por un casual... un acerico que se ma perdío...?
- No..., yo no visto ná... ¿por qué me pregunta a mí?, ¿acaso no estoy aquí metía to´l día.
- No... si ya, pero como su marío dijo ayer que sólo un listo se hace rico..., pos oiga..., que a lo mejor el acerrico, se lo ha llevaó  un listo...
- ¿Está usté llamando ladrón a mi marío?. – Gritó furiosa la señá Brigida.
- ¡Oh no...!, si sólo pregunto que ¿si ha encontraó usté mi acerico? ¡que se ma..., perdío...!
Por fortuna, el matrimonio del principal, gente de mucho dinero y educación, (y propietarios de la finca en cuestión por aquellos días) bajaba en ese momento  se evitó una tragedia.
La señora Fina subió a su casa, sita en el tercer piso, rezongando. - ¡Esto no va a quedar así! ¡no señor! ¡pos estaríamos aviaos!.
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Una semana más tarde de estos acontecimientos, la noticia era Doña Justa, había fallecido y nadie lo sintió demasiado, pues todos la tenían un poco de miedo y hasta la llamaban “bruja”.
Por si acaso, todos los vecinos de la casa asistieron al funeral, todos menos la portera, claro está.
La señora Brígida, hacia calceta, siempre atenta a aquellos que entraban y salían, mientras pensaba en la difunta y en las macabras bromas que solía gastar refiriéndose a su propia muerte.
- Ya volveré por aquí, no se preocupe, y descubriré quien me ha cogido mis agujas de hacer calceta.
La portera sintió como un escalofrío recorría su espalda, dejó su calceta en la cesta de la costura, y se dispuso a bordar un paño para la mesa de su saloncito. Fue a coger la aguja, estaba en el acerico de Doña Fina, la mujer se detuvo pensativa observándolo fijamente.
Las palabras de Doña Justa resonaban en sus oídos.
- Ya volveré para descubrir quien me ha cogido las agujas de hacer calceta...
Se santiguó y rezó un padrenuestro, intentando olvidarse de sus pequeñas obras de artesanía doméstica.
De modo que, cruzada de brazos, espero la llegada de la vecindad, que en aquellos momentos, escuchaba atentamente la misa por la excéntrica señora del segundo.
- ¡POOOM...! ¡POOM...! ¡POOM...!. – Sonaron tres golpes secos en la pared, justo detrás de ella. - ¿Qué ha sido eso?. – Pensó la señora Brígida comenzando a inquietarse.
Se oyó abrir la puerta de cristal del portal.
- ¡Hola, buenas tardes!. – Saludó la señora  del principal, si, esa a la que había hurtado unos guantes de fino raso.
- ¡Hola..., hola!.  Buenas tardes tenga usté señora.  – Contestó intentando parecer serena. - ¿Qué tal el funeral?
- ¡Oh! Ha estado muy bien..., el párroco ha hablado muy acertadamente al decir que aunque Doña Justa ya no este con nosotros físicamente, lo está su espíritu.
- Si, ha estaó mu acertaó... – Respondió la portera con un  hilito de voz. Se quedó escuchando meditabunda, como gradualmente se atenuaban los pasos de la señora del principal mientras subía la escalera..., por fin..., una puerta se abrió y se oyó cerrarse después.
- ¡POOMMM…! ¡POOM…! ¡POOM...!. – La señora Brígida comenzó a temblar, los golpes sonaban en la habitación de la caldera, y la llave estaba en su bolsillo, ¡no podía haber nadie en ella!
La puerta de la calle volvió a abrirse.
 - Buenas tardes,  Señor Elizalde.
- ¡Hola! – Saludó amable, un señor de edad avanzada.
La portera cogió un rosario, iba a comenzar a rezar, pero... ¿aquel no era el de la esposa del caballero que acababa de entrar?. Lo cogió de la mesilla de la pobre mujer, aprovechando aquella enfermedad que la retuvo en cama tanto tiempo.
- ¡POOM...! ¡POOMM...! ¡POOMMM...!
La mujer abrazada a un almohadón miró por la ventanilla de la portería para ver quien venía en  esta ocasión, pero no aparecía nadie.
Muerta de miedo, se escondió detrás de la cortinilla de la ventana, no pasaba nada..., volvió a descorrer el visillo.
- Bah..., son imaginaciones mías, los fantasmas no existen.
De repente, un trote como de cien caballos, se oyó bajar por la escalera haciendo temblar todo el chiscón.
Debe de ser la niña del quinto, que baja corriendo a jugar como todos los días.
Se asomó a la ventanilla para saludarla y...
- ¡UUUAAAYYYY...!
La puerta de la portería se abrió precipitadamente, y una mujer de sesenta años salió corriendo con la agilidad de una chavala de quince..., y no paró hasta llegar a la parroquia, donde con grandes aspavientos, comenzó a describir (con todo detalle) sus robos al párroco que la escuchaba atento en la sacristía.
- Pero... ¡mujer!, - intentaba calmarla el ministro de la Iglesia.
- Padre, Doña Justa ha vuelto a por mí, y he robaó unos guantes de raso, y un acerico, y un rosario, y las agujas de hacer calceta de la finada y ...tome... dos reales que le tomé prestaos cuando vino a dar la extremaunción a la difunta...
El sacerdote la miraba atónito.
- ... Por cierto padre, no vea si corría...
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Una niña de doce años se dirige por el Viaducto a su colegio, allí una monja la recibe con entusiasmo.
- ¡Oh! ¡pero que bien estás! Pareces enteramente una viejecita..., ¿cómo se te ha ocurrido la idea de teñirte el pelo con polvos de talco y taparlo con una pañoleta negra?, ¿y de donde has sacado ese mantón negro tan precioso?
- Me lo regaló una señora muy simpática que vivía en mi casa y que acaba de fallecer.
- ¡Oh!, ¡es maravilloso!, de veras, vas a estar fantástica en la obra de esta noche, pareces enteramente un personaje de “Arniches”.
La obra representada era un sainete en dos cuadros de Don Antonio Ramos Martín, titulada, “El sexo débil”.
La obra podría resumirse así, dos matrimonios, uno joven y otro anciano, (en los que la anciana domina al marido y el joven a su esposa) sufren un cambio de roles por avatares imprevistos.
La obra recibió grandes ovaciones y la niña tuvo un gran éxito.
Cuando la chiquilla que representaba el papel de la anciana llegó a su casa, (bien entrada la noche) se encontró en el portal con los porteros, que discutían acaloradamente con un cura.
Tan enfrascados estaban todos, que la niña cruzó el portal pasando inadvertida y con curiosidad lógica de la edad, se quedó parada en los buzones para escuchar.
- Pero a ver..., que yo me entere..., ¿quién daba los golpes?. – Preguntó el sacerdote.
- Pos yo..., ¿quién si no?. – Decía el portero.
- ¿Tú?. – Gritó la señora Brígida. – espera que lleguemos a casa, ¡que voy a hacer contigo un cocido!.
- ¡Calma..., calma...! – Intentaba aclararse el cura. - Y... ¿por qué daba usted los golpes?
- Pos... ¿pa que va ser...?, pa que funcione la caldera, que s´han  quejaó los señoritos del principal...
- ¡Lo mato, Señor...! ¡LO MATO...!. – Chilló la portera echándole las manos al cuello.
Afortunadamente apareció la señora Fina alertada por los gritos, y con ella toda la comunidad de vecinos, la señora Brígida calló de inmediato.
- ¿Decías algo..., parienta?. – Preguntó el portero a su mujer.
- No, na..., na...
- ¡Ah...! parecióme... ¡andando jaca! ¡al redil!.
El matrimonio desapareció por la escalera interior y el sacerdote volvió a su parroquia, mientras los indignados vecinos subían a los diferentes pisos, capitaneados por la señora Fina.
En cuanto a los objetos robados, fueron devueltos a sus propietarios de una forma un tanto singular, el párroco los fue repartiendo por los pisos con los mejores saludos del más allá.
¿Y que ocurrió con la señora Brígida?
Duró pocas semanas más en la casa, pero las cosas habían cambiado para ella, pues su marido se puso por fin los pantalones, y la mujer dejo de robar, a riesgo de ser denunciada por él mismo,  a la guardia civil.
Lo más curioso es que la portera empezó a mirar  con otros ojos a su marido desde aquel momento.
Incluso le llamaba con gran orgullo. - ¡Mi hombre!.
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La señora Fina había acabado su historia, Berta que escuchaba embobada, preguntó.
- ¿Ya no hay más?
- ¿Te paice poco?, ¡ya es mu tarde! Ties que volver a casa a cenar, que si no luego..., me regañan tus padres a mí.
- Esta bien, me voy..., pero antes dígame..., ¿quién era aquella niña que corría por las escaleras disfrazada de anciana?
- ¡Oh!, ¡aquella niña...!, era tu abuela. – Respondió sonriendo.
- ¡La abuela!, ¿corría como un caballo desbocado por las escaleras?
- Si, corría que se las pelaba...

Anciana y niña se miraron estallando en carcajadas.

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