martes, 8 de mayo de 2012

SEMBRANDO ILUSIONES



Os presento un libro de veinte autores, de prosa y verso, entre los que estoy incluida, se puede adquirir en el estanco de la calle Arenal 19, expendeduria 7, de Madrid capital. Precio: 15 euros.

jueves, 14 de julio de 2011

EL POZO




En cierto lugar apartado, una joven, de rara y serena hermosura, salía todos los días con su cántaro a buscar agua al río vecino, en él se veía reflejada, sus cabellos describían bellas formas en el agua, adornados por los brillantes resplandores como briznas de sol, que se posaban sobre ellos.
Ella sabía que lo que sentía al ver su imagen reflejada en el río era vanidad, y sufría, quería ser humilde, más el agua le devolvía una imagen de sí misma que no quería ver...
En el campo vecino que había quedado abierto a las gentes del condado desde que el rico terrateniente del lugar muriera, y dejara su tierra  al vecindario había un hermoso pozo, adornado por hiedra, que crecía, hasta casi taparlo por completo...
La joven pensó.
Cogeré el agua de este pozo, así no habré de sufrir las maledicencias de mis vecinas, al fin y al cabo es mi hermosura lo que envidian y lo que los hombres buscan de mí, y el río me hace sufrir por mi vanidad.
Cogió el cántaro y lo descargó sobre el brocal, lo hizo descender... pero no hallaba el liquido elemento.
La joven respiró contenta. – Debe ser tan profundo como hermoso...
Más siguió yendo al río a buscar el agua necesaria para su subsistencia, de vez en cuando volvía a pasar por el pozo, y cada vez con una cuerda más larga... descolgaba el cubo.
Pasaron los días, los meses, los años...
Pasaron muchos años, un día descubrió un poco de fango, pensó. – Se habrá caído de alguna  de las paredes laterales, el agua cristalina del río debe estar cerca...
Siguió yendo al río, más la imagen ya no era tan hermosa, el tiempo había hecho estragos en su rostro, había envejecido.
Un día, ya habían pasado muchos años..., tocó el fondo del pozo con el cubo. - ¡No había agua!
¡tanto tiempo perdido y el pozo estaba seco!
Se dirigió al río, se miró en él, hacia tiempo que la gente no la humillaba por su hermoso aspecto, ni siquiera se fijaban en ella, se miró en el agua, sus dulces rasgos transmitían experiencia y sabiduría, en esa corriente cristalina en la que ahora sus cabellos canos parecían resplandecer de humildad.
Sonrió y su rostro adquirió un bello recuerdo de juventud, el pozo le había enseñado una gran lección, no se puede sacar agua de donde no la hay, y a veces lo que nos parece profundo no es más que vacío.
Solo la madurez es capaz de dejárnoslo ver...

domingo, 10 de julio de 2011

El escribano


Ágil pluma de escribano,
que a Dios alza su cantar,
manchando con su tinta,
el pergamino sin usar.

Verso de amor inflamado
en el azul de su mar...
sus ojos claros relucen
en un relámpago sin par.

Es la brisa que susurra,
al chocar contra el cristal,
es la hoja que termina,
al rimar una vez más.

Que el amado al que dedica,
su poesía, su cantar,
en el cielo está esperando,
pronto verle llegar.

Y, él, que ansia,
a su Amo abrazar,
ágil pluma de escribano,
no existe en el mundo, poema tal.

Dios en el cielo,
espera una vez más,
el deleite de sus rimas,
la promesa de su afán.

Y el humilde escribano,
que no sabe esperar...
vive en la ansiedad del encuentro,
con el que le sabe mirar.

Ya, entre ellos,
se ha establecido solemne amistad,
en el mundo no ha nacido
quien a Dios ame igual.

Pues este idolatra a su Amado
como nadie pueda imaginar,
y el pequeño escribano,
ya no lo puede ocultar.

La pluma en el tintero,
decide acallar,
por hoy ya es bastante,
no vaya a su Amigo a cansar.

Y sereno cierra el libro,
a la ventana se ha de acercar,
para ver a un hermano... torna a tierra,
asomar por el zaguán.

Con paso humilde,
el corazón henchido de piedad,
se dirige a la capilla,
no sabe ya, sino rezar.

Allí Cristo le espera,
clavado en el altar,
¡Ven aquí hijo mío!
Le parece escuchar.

Que son muchas las veces,
que te mando llamar,
enfrascado en alabarme te encuentro,
y a tus hermanos te veo olvidar.

Ya al corazón la Iglesia,
su Amada, con voz queda le va a susurrar,
que el Esposo ha ordenado,
al mundo enseñe su cantar.

Pues el cielo ha dispuesto,
que obediencia debe dar,
lo que hay entre Dios y los hombres,
a estos debe enseñar.

Y el humilde escribano,
se ruboriza sin más,
de lo que yo amo al Padre,
nadie se ha de enterar.

La Amada le pide renuncia.
¡Hijo! ¡no peques más!
Que si al Padre tú amaras,
¡Gloria a Él querrías dar!

Y obedece el escribano,
con el manuscrito la complace ya,
y la Madre satisfecha
reconoce al santo que a su cargo está.

Y en el pergamino está escrito,
con letra clara de humildad.
Dios espérame en el cielo,
que la tierra es... falaz.

Perdóname si acaso,
peco de vanidad,
pero aquí no hay amor que supla...
Tu infinita bondad.

Escúchame Padre,
y llévame a donde estás,
que esta vida es el ocaso,
para los que te aman de verdad.

domingo, 12 de junio de 2011

EL GORRIÓN VIAJERO



Llegó hasta la barandilla, el gorrión viajero,
la ventana engalanaba una jaula de jilgueros.
La compañía de otras aves ansiaba,
 pues la soledad del camino le hacía sentir prisionero.

Absorto se quedó escuchando su canción alegre,
todos en armonía revoloteaban sin verle,
se entristeció el gorrión porque su piar no escuchaban,
nunca más grises lucieron sus plumas al alba.

Meditó en silencio los colores que ornaban campos y cielos,
 ¿no eran más vistosos que los de estos pájaros presos?
¿y no eran las aves del campo y los riachuelos más melodiosos...
 que las notas que piaban estos ingratos sin misterio?

Trinó el gorrión y contento alzó el vuelo,
 se fue cantando su suerte,
por haber visto la libertad y de ella ser dueño,
que más quisieran los presumidos jilgueros,
conocer el mundo y dejar de volar dando mil vueltas
a las cuatro esquinas de una jaula de hierro.

viernes, 10 de junio de 2011


"Tu voz puede ser la voz de Dios si dices la verdad, tu mano puede ser la mano de Dios si la ofreces con bondad". Timothy Ferris. Astrofísico.

Acuarela: Beatriz Díez

lunes, 6 de junio de 2011

La fiesta de cumpleaños. De mi libro "Berta es así"



un poco de humor para los más jovenes...

Ilustración: Beatriz Díez


Dos niñas de once años caminaban por la Plaza Mayor, el suelo era empedrado, una de las niñas llevaba un gran paquete en los brazos, pisó mal y...
- ¡Ploff! – Bárbara calló de bruces al suelo, mientras la carga que llevaba, salía volando por los aires.
- ¡Los pasteles!. – Exclamó Susana, yendo derecha a cogerlos.
- ¿Los pasteles? ¿y yo que?. – Saltó la niña, con los brazos extendidos y semblante dolorido. – Me he hecho polvo la rodilla.
- Bueno..., al fin y al cabo la rodilla se arregla con mercromina, pero los pasteles cuestan dinero, jolin...
- Ya..., ¡ten amigas para esto...! – Suspiró la otra apagadamente.
- Oye, tú a mí no me engañas, últimamente estas muy triste, ¿qué te pasa?
- Nada.
- Y, ¡y voy yo y me lo creo!, no nací ayer... ¿sabes? Tengo once años, y a trescientos sesenta y cinco días por año, nací... – La chica se esforzó - ¿tienes calculadora en la cartera?
- ¿Calculadora? Pero... ¿quieres ayudarme a levantarme?
- Vale..., vale...
- ¿A que hora van a venir a mi casa tu hermana y Berta?
- Pues no sé, primero te tienen que comprar el regalo...
- ¿Mejor, así nos da tiempo a preparar la merienda..
- ¿Quién mas va a venir?
- Pues mi abuela, mi padre y su...
- ¿Su...?
- Su amiga...
- ¿Y tu madre?
- No viene... – Contestó la otra agachando la cabeza.
- ¿Por qué?
- Cosas de mayores...
- ¿Y que tal es la amiga de tu padre?
- ¡Fascinante!. – Recalcó mucho - ... cuando no está.
- ¡Ah!. – La otra se calló y miró hacía delante pensativa, cuando miraba así, cuidado...
Mientras tanto Mónica y Berta se encontraban en la juguetería de unos grandes almacenes.
- ¿Qué le compramos?. – Preguntó Mónica de doce años.
- Pues no sé...  – Contesto Berta.
- ¿A ti que te gustaría?.
- Pues a mí, ahora mismo, eh..., patines ya tengo y de ruedas rojas, que son los que corren..., bici..., ya tengo ¡una moto!
- Por poco dinero... – la regañó su amiga. – A quien hay que explotar económicamente es a los padres no a las amigas..., algún día escribiré un libro sobre eso.
- Es verdad, somos pobres, aún no tenemos derecho a una pensión vitalicia.
- ¿Cómo vamos a tener derecho a pensión, si no hemos trabajado nunca?.
- ¿y el día que recogimos botellas?
- Ese día no cuenta...
- ¿Por qué?
Porque no se enteró la seguridad social, lo dice mi padre, que es abogado, si no estás en esa seguridad, no se enteran que trabajas y no te dan dinero después...
- ¡Que inseguridad da ser mayor, jopetas!
- El derecho es el derecho...
- Pero eso no es justo, y entonces si trabajas y nadie se entera, ¿de que sirve trabajar?
- Pues no sé...
- ¿Entonces no hay nadie que trabaje sin que se entere la seguridad esa?
- Dice mi padre que sí.
- ¿Sí? ¿tan tonta es la gente?
- Dice mi padre que no es que sean tontos, es que son ilegales...
- ¿Te meten en la carcel por trabajar?
- Si. – Repuso la otra convencida.
- Entonces... ¿nos pueden meter en la cárcel, si se enteran de que cogimos las botellas del suelo de la Plaza Mayor en Navidad?
- Sí. – Volvió a contestar tajante.
- ¡Toma...!, ¿somos delincuentes entonces... por ganar dinero trabajando?.
Eso se llama economía submarina. – Subrayó Mónica con aire de inteligencia, aunque en realidad se refería a la economía sumergida.
- Mi padre es economista y eso no existe, ¡te lo estás inventando!
- ¿Le gusta a tu padre Jacques Cousteau? (celebre biólogo que estudiaba el mundo submarino en la televisión)
- Si, claro, me hace ver todos sus programas, porque según él, a lo mejor así aprendo algo... aunque sólo sea por repetición.
- ¿Ves te hace ver economía submarina?
Berta empezaba a hartarse. - ¿pero es que ese señor es ilegal?
- Pues no sé..., pero trabaja dentro del mar, así que gana dinero por debajo del nivel de flotación, por lo cual práctica la economía submarina. Y además va siempre en submarino.
- Pero eso lo hace por los tiburones.
- ¿Habla de tiburones tu padre?
- ¡Oh sí!, siempre dice que no soporta los tiburones de la bolsa.
- Está claro, economía submarina, baja pa bajo, el dinero... ¿entiendes?
- Querrás decir que se sumerge..., ¿sumerge? ¡claro! ¡estás hablando de economía sumergida...!
- Claro, claro... – Contestó la otra poniéndose roja. - ¿Y que le compramos?
- ¿A quien?
- A Bárbara, ¿a quien va a ser?
- Pues no sé..., pero a mí me gustaría algo, que mi madre no me permitiera comprarme o que no me compraría, eso sería un detalle de muy buena amiga...
- ¿Qué es lo que nunca te compraría?
- Un animal.
- ¿Un animal? ¿qué clase de animal?
- Cualquiera, dice que comen mucho y que manchan mucho y que hay que sacarlos de paseo y que hay que bañarlos, en fin..., que ya ha cumplido con la zoología teniendo hijas.
- ¡A Bárbara le encantan los animales!
- Pero ¿y su abuela?
- No podrá decir nada de un canario.
- Siempre y cuando no toque la bandurria, querrás decir...
Mónica le dirigió una mirada de reproche. – La planta de animales esta abajo, mirándose con complicidad ambas niñas se dirigieron a la escalera mecánica de los grandes almacenes.
En ella había diversas jaulas; canarios, periquitos, ratones y peceras con peces de colores.
- ¡Jo, que caros son los pájaros!, los ratones cuestan menos. – Se quejó Mónica
- ¡Mira!, los pececillos son muy baratos.
- Sí, pero necesitamos una pecera, y eso los hace caros.
- ¿Entonces?
- No queda otro remedio, hay que comprar un hangster.
- Espero que su abuela no tenga prejuicios como mi madre.
- ¿Lo de tu madre es cuestión de prejuicios?
- Oh sí, contra todo lo que camine a cuatro patas.
- Los bebés caminan a cuatro patas..., ¿por qué tuvo tres?
- Eso mismo nos pregunta a todas cuando se enfada.
- Y ¿qué la contestáis?
- Pues que quieres... Yo sé el punto de partida de las cigüeñas..., pero en aquella época no creo que estuviera en disposición de preguntar por el destino.
- Lógico, aunque últimamente, los listos...dicen que  no vienen de Paris, las cigüeñas..., claro. – Repuso Mónica con un guiño.
- Ya, ya lo he oído decir, y desde entonces estoy que no vivo, pensando en el tremendo pozo oscuro.
- ¿Qué pozo oscuro?
- El de la ignorancia en la que vivo.
- En ¿la ignorancia de que?
- En la de no saber de donde vienen las cigüeñas.
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Mientras tanto, en la casa de la abuela de Bárbara, anciana entrañable, con la que vivía mientras sus separados padres llegaran a un acuerdo sobre su custodia.
Por favor señora... ¿dónde está el teléfono?. – Preguntó Susana.
- En el salón, encima del aparador, ¿lo ves?
- Sí, muchas gracias, es que en casa lo tenemos en la cocina, con el listín al lado, ¿sabe?
- No, si aquí también hay uno en la cocina, pero imagino que hablarás más tranquila desde el salón.
- Pues el caso es que tengo sed, creo que voy a pasar por la cocina si no le importa.
- Como quieras hija.
Bárbara estaba en el comedor preparando la mesa para el convite, y su abuela se fue a ayudarla.
Susana se dirigió a la cocina, miró el listín telefónico, buscó un nombre muy determinado y marcó el número que estaba apuntado al lado.
- ¿Si?. – Preguntó una voz femenina muy suave.
- ¿Es usted Doña Luisa, la madre de Bárbara?
- Sí, ¿qué ocurre?. – Preguntó una voz inquieta.
- Soy Susana, su mejor amiga, la llamaba para decirla que ha tenido un accidente
La voz se tornó nerviosa. – ¿Es grave?¿qué ha ocurrido?
- No, no es grave, tranquilícese, solo una heridita en la rodilla, pero creo que debería usted venir corriendo.
- ¡Ave María!, ¿si no es grave porque debo ir corriendo?, ¿está mi suegra?
- Pues es que..., está con el médico..., por cierto ha preguntado donde está usted.
- Ahora mismo salgo... – Y colgó.
Susana sonrió. – Perfecto. – Pensó, mientras se dirigía al comedor a colocar las últimas bandejas.
- ¡Ding...dong...!. – Sonó el timbre de la puerta.
La anciana señora abrió y apareció una pareja por la puerta del comedor. Un hombre alto y moreno muy bien trajeado, y una mujer joven con un vestido ceñido de color rojo, llevaba un pañuelo verde al cuello y unos inconmesurables zapatos de tacón de aguja rojos.
- Parece una frambuesa. – Comentó Susana a Bárbara.
- Eso es por fuera, por dentro es como un limón.
- Hola cariño. – Se dirigió la mujer a la niña. – ¡Felicidades!
- Gracias. – Contestó con desgana.
- Hola hija, ¿qué tal estás?. – Preguntó su padre.
- Bien..., como siempre.
La anciana se dio cuenta de que se había hecho un silencio muy revelador y quito hierro al asunto.
- ¡Oh!, ¡pero que vestido más elegante llevas hoy, querida!, seguro que te ha costado una fortuna... – Dijo apartando de ella la mirada, la luz se reflejaba  de un modo insultante en la tela y el efecto era muy desagradable para su escasa vista.
- Pues no mire..., yo siempre compro en rebajas, pero eso sí, es de marca...
- Vamos como los melones de mi pueblo. – Susurró Susana.
Bárbara la miró con una leve sonrisa agradecida.
La amiga de su padre continuó. – Toma, tu regalo... – Y le ofreció un enorme paquete.
La niña lo cogió con apatía, era una enorme caja envuelta en un papel verde fosforito y rematada por un hermoso lazo amarillo, dentro apareció un hermoso gatito.
- Mi abuela no me deja tener animales en casa... – Contestó la niña cogiendo al cachorro en volandas.
- ¡Oh!, no lo sabía... – Repuso la otra con fingido sentimiento.
La abuela intervino. – Bueno hija, los gatitos no manchan, y no salen de paseo, te lo puedes quedar... – El padre que se llamaba Arturo, se manifestó extrañado.
- Pero mamá..., ¿desde cuando quieres animales en casa?
- Bueno, Arturo, hay veces que hay que transigir.
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Mientras tanto, en la casa de al lado, o sea, de la vecina... un matrimonio de edad avanzada charla en un saloncito, sentados alrededor de la mesa camilla.
- Alberto, te he dicho que lo hagas por la niña.
- Releches, ¡Silvina!, ¡he dicho que no y es NO!
- ¿Es que no piensas en nadie?
- ¿Pero tú sabes lo que me estás pidiendo?
- Si, que te mueras por un día.
- Y ¿te parece lógico? ¿por qué no te mueres tú?
- Porque yo tengo que hablar con la vecina...
- Fantástico, si me lo llegan a decir a mí...
- ¿Qué?. – Contestó la mujer poniendo los brazos en jarras.
- ¡Que no me caso! ¡Caspita!, si ya me avisó mi padre...
- ¿Cuándo?
- Cuando te vio matar la gallina.
- ¿Qué gallina?
- Aquella que nos comimos en la Pascua de mil novecientos treinta y..., cuando nos hicimos novios.
- Y ¿Qué querías? ¿comértela viva?, ¡está bien! O te mueres por un día o no tienes arroz con leche en lo que te resta de vida, ¡viejo gruñón!
- ¡Y que siempre saca a relucir el arroz con leche!  - Rezongó el anciano.
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En casa de la abuela de Bárbara...
Ding...dong...
La anciana señora abrió la puerta. - ¡Hola ricas! Pasad, pasad...
- Berta, Mónica, ¡por fin habéis llegado... ¡– Las recibió Bárbara con alegría.
Mónica llevaba una caja de cartón agujereada, se la tendió diciendo. – Toma, nuestro regalo.
- ¡Gracias! ¿qué es?
- Ábrelo.
Bárbara abrió la caja, un hermoso hangster dormitaba dentro, entre un poco de paja fresca que le servía de acomodo.
- ¡Oh! ¡es una maravilla!, ¡mira abuela!. – Exclamó Bárbara sacándolo de la caja de cartón.
La abuela miró y... - ¡Santo Dios!
El gato, que reposaba en el sofá dio un salto cuando vio al ratón en la mano de la niña, este se escurrió y saltó a la mesa del convite, comenzó una persecución en la que vasos y botellas, embutidos y pasteles, eran pisoteados por ambos animales, ante la fascinada mirada de todos los presentes.
El estupor general fue interrumpido por un timbrazo en la puerta, la abuela fue a abrir.
- Señora Andrea, ¡mi marido!
- ¿Qué ocurre?.  – Preguntó la abuela con alarma.
- ¡Se ha muerto!¡
- ¡Pero como es posible!, si le he visto esta mañana en la escalera y tenía muy buena cara...
- Pues el pobre... – Sollozó la otra. – ¡Catapum! Un infarto.
El padre de Bárbara se hizo cargo enseguida de la situación. – Hay que llamar al cura, al forense y a la funeraria.
- ¡Oh no! No se moleste. – Dijo contrita la Doña Silvina. – Ya me ocuparé yo de eso.
- Nada, nada..., ¿dónde está el finado?, hay que asegurarse antes, de que está muerto, no vaya a ser catalepsia.
- ¿Catalepsia?. – Preguntó la mujer desconcertada
- Si, a veces la gente parece muerta y no lo está, eso es catalepsia.
- Pues..., es que a mi marido no se le puede ver..., está en la cama.
- Condúzcame a él. – La mujer de rojo le siguió, alegando que era enfermera.
Mientras, las niñas se iban a la habitación de la anfitriona para buscar al hangster que había desaparecido corriendo al huir del gato, este, campó por toda la casa sin parar de correr.
Silvina, bastante preocupada, se vio en la obligación de guiar al padre de Bárbara hasta su habitación.
Allí, un anciano con pijama de rayas blancas y azules reposaba todo rígido bajo una manta de alegre colorido.
- ¡Sniff...! ¡era tan bueno!, el pobre...
El anciano parpadeó sorprendido.
- ...Y se va así..., sin dejarme una pensión de viudedad ni nada.
El muerto gruño quedamente.
- Si, yo creo que está muerto de verdad, voy a llamar a la funeraria, en dos patadas tenemos aquí al forense y al ataud. ¿Dónde está el teléfono?. – Preguntó el señor a Doña Silvina.
- En, en el saloncito... – Contestó con inseguridad la otra. – Pero yo creo...
- Nada..., nada..., yo me ocupo.
El muerto dio un respingo.
La mujer de rojo, que a todo esto se llamaba Milagros, permaneció un rato junto al cadáver, le tomó el pulso.
El hombre reprimió un escalofrío, tenía la mano tan fría.
La enfermera diagnosticó. – Este hombre lleva muerto mucho tiempo, está más tieso que un arenque...
El finado olfateo por la habitación, un olor a bocadillo de arenques salía de debajo de su colcha, le habían pillado en medio de la merienda.
- Lo que es la sugestión. – Siguió Milagros. – Hasta me parecer oler a arenques en esta habitación.
El hombre sonrió manteniéndose rígido.
- En fin, este ya no vuelve a probarlos en su vida... – Intervino el padre de Bárbara entrando en el cuarto, ya vienen el forense y el ataúd.
El anciano empezó a temblar...
- Ven Milagros, salgamos de aquí. – Instó Don Arturo.
El anciano se puso las pantuflas y huyó del cuarto en cuanto salieron de su habitación, su mujer, la enfermera y el padre de Bárbara junto con Doña Andrea se hallaban en el saloncito, se dirigió al rellano de la escalera, la puerta de la vecina estaba abierta, entró sin que nadie se enterara en el comedor y se escondió debajo de la mesa del convite, a todo esto con una bandeja de sándwichs y una botella de Rioja.
Las niñas entraron en la estancia, después de una infructuosa búsqueda del hangster, vieron como la mesa se movía y...
- ¿Estáis viendo?. – Preguntó Mónica. – La mesa se mueve.
- Seeerá un fantasmaaa...  – Se rió su hermana.
- Va a ser..., será el gato. – Interrumpió Berta. – La niña se agachó para recogerlo..., iba a levantar el mantel del suelo...
- ¡Beeertaaa...! ¡el gato esta aquííí...!. – Exclamó Bárbara.
- ¿Qué?
- El gato está aquí...
Berta miró debajo de la mesa. - ¿Quién es usted?
Un hombre con pijama de rayas, se hallaba comiendo sándwich y bebiendo una botella de Rioja con fruición. – Hola. – Saludó. – Soy el muerto de enfrente.
- ¿Qué muerto de enfrente?
- El vecino.
- ¡Ah!
- ¿Quién es?. – Preguntaron sus compañeras.
- Dice que es el vecino muerto de enfrente.
- ¿Qué hace?. – Inquirió Bárbara.
- Zamparse la merienda, ¡que aproveche! ¿eh?
- Gracias... – Dijo el otro brindando en su honor.
La abuela, su padre, Milagros y la vecina entraban en ese momento.
- ¡Que desgracia Señor! ¡que desgracia!. – Exclamó Doña Silvina.
- Tranquilícese señora. – Comenzó la enfermera. – Así es la vida.
La abuela Andrea, del brazo de la vecina se dirigió a la cocina con la excusa de prepararla una tila.
- Nos ha salido el tiro por la culata. ¿Quién iba a imaginarse que era enfermera?. – Comenzó Doña Andrea.
- ¿Y a mí que me dice?, como me descuide, me entierran al marido en vida. ¡Y no ha hecho testamento!
Don Arturo envió a las niñas al cuarto de la anfitriona para jugar, con la excusa de hablar a solas con Milagros acerca del difunto.
- Esto no sale bien,  la comedia que teníamos preparada se ha fastidiado por culpa del finado.
- A mí me lo vas a decir, no soporto estos tacones, me están matando, y ¡parezco una frambuesa!. Tu madre parece encantada, y en cuanto a tu hija, no explota, ¿como vamos a dar celos a tu mujer para que vuelva, si aquí todo el mundo se comporta con naturalidad?
- No sé...
- Ahora..., me debes este favor..., ¡la faja me esta acribillando! y ¡odio el rojo!, me marea.
El anciano escuchaba debajo de la mesa... – ¿Se me estará subiendo el Rioja?. – Pensó.
- ¿Será a esta a la chica que tengo que asustar?. – Levantó un poco el mantel, allí había una pareja, si la chica era la mujer de rojo, la frambuesa.
Arturo se fue a buscar a su madre y la joven se quedó sola, se sentó reventada en un sofá del salón comedor y se descalzó.
- ¡Ahhhh...! ¡que alivio!
El anciano salió a gatas de debajo de la mesa. – Hola.
- Hola señor. – Saludó la joven, extrañada de que un anciano con pijama a rayas saliera de debajo de la mesa.
- Usted es la novia del hijo de la vecina, por lo que deduzco...
- Si, claro, y ¿usted?
- Yo soy el muerto de enfrente.
- ¡Ah!
- En fin, voy al baño, el Rioja... ¿sabe?
- Si claro... – Contestó la otra con total normalidad.
El timbre de la puerta sonó, era el médico forense, a su lado, unos hombres portaban un ataúd de madera de caoba.
Milagros recibió a los recién llegados. - ¿Son ustedes?. Pasen..., pasen...
- ¿Dónde está el muerto?.  – Preguntó el forense.
- En el baño..., ya sabe, el Rioja... – Contestó, mientras se calzaba con dificultad los rojos zapatos de tacón.
El timbre de la calle volvió a sonar. Milagros abrió, una señora muy bien trajeada y de aspecto atractivo apareció en el umbral con rostro desencajado.
- ¡Mi niña! ¿dónde está mi niña?. – Gritó Doña Luisa, la madre de Bárbara.
- Señora, por Dios, tranquilícese...
- ¿Qué me tranquilice?, ¿qué le ocurre a mi Bárbara?, ¿dónde está el médico?
- ¿El forense?, ha ido al cuarto de baño a esperar al fiambre...
- ¿Al fiambre? ¿ha muerto?
- Pues eso dice...
- ¿Por qué?
- Pues no sé..., yo creo que es el Rioja...
- Pero ¿quién es usted?
- Pues me llamo Milagros y soy enfermera.
- Señoras... ¡dejen paso!.  – Increparon dos hombres, que portaban un ataúd de un lado para otro sin saber donde colocarlo
- ¿Qué..., qué es eso?. – Preguntó la madre de Bárbara.
- Pues en mi pueblo, los canicas lo llaman la caja de embalaje.  – Respondió la enfermera.
- ¿Los canicas?.  – Sollozó Doña Luisa con voz desmayada (conocía bien la afición de su hija por este juego)
- Si, ya sabe..., lo que están ya, que dándoles un empujoncito caen al hoyo...
Doña Luisa se desmayó encima del sofá.
- ¡Señora! ¡SEÑORA...!. – La enfermera le dio unas palmaditas en la cara y nada, sin saber que hacer se dirigió a la cocina, allí encontraría agua fresca para reanimarla.
Por el pasillo se cruzó con Don Arturo. - ¿Dónde está la cocina?
- Al fondo del pasillo, ¿por qué?
- Tenemos una urgencia en el sofá.
Arturo se dirigió al salón comedor sin entender. Allí se encontró con su mujer desmayada. - ¡Luisa! ¡Luisa! ¿qué te pasa?. – Preguntó dándole palmaditas en la cara.
La pobre señora se despertó. - ¿La niña esta muerta?
- ¿La niña?
- ¡Nuestra hija!
- ¿Qué?
Mientras..., en el cuarto de baño.
¡POOOM, POOOM!. – El forense empujaba la  puerta. – Ayúdenme por favor. – Pidió a los de la funeraria. Todos la emprendieron a trompazos.
¿Qué es eso?. – Se preguntaron los que estaban en las diferentes habitaciones del piso, saliendo al mismo tiempo al pasillo y dirigiéndose todos a la puerta del baño.
¡POOOM!. – Se estrellaron forense y funerarios contra la puerta, con toda la fuerza de la que eran capaces.
En ese momento, la puerta se abrió y apareció el finado, todos cayeron encima de él, debido al gran empuje.
- ¡AAAYYY...!. – Gritó el anciano tirado en el suelo.
Los de la funeraria chillaron de miedo y huyeron por la escalera abajo hasta llegar a la calle, dejándose olvidado el ataúd.
En cuanto al forense, después de unos momentos de cavilación.. - ¿Pero usted no estaba muerto?
- ¿Yo, muerto? Sólo para esa señorita... – Dijo señalando a Milagros.
Esta reconvino. – Es el Rioja, ya se lo dije...
- ¡Alberto! ¿has bebido?. – Estalló Doña Silvina.
- Sólo un poco..., al fin y al cabo me he muerto por la niña ¿no?, pues muerto, ya se puede beber.
- ¿Pero que es esto?. – Preguntó Don Arturo enfadado.
La abuela despareció.
- ¡Mamá!. – Gritó Bárbara, cuando entre tanta gente divisó a Doña Luisa. - ¿Cómo has venido?
- Pero..., si me han llamado...
Susana se agachó discretamente entre la multitud que invadía la puerta del baño.
- ¿Cómo estás? ¿y el accidente?. – Preguntó la madre.
- ¿Qué accidente?
- El que has tenido...
- Yo no he tenido ningún accidente.
Berta comentó a Mónica.
- Luego dicen de nosotras...
- Desde luego.
Todo el mundo gritaba, hablaba y nadie se entendía, hasta que.
- ¡MIIaauuu...!. – El gato pasó corriendo persiguiendo a un ratoncillo.
- ¡Basta!, ¿dónde esta el muerto?. – Se enfadó el forense.
- No hay finado señor. Explicó el anciano. – Ha sido todo un malentendido.
El forense se marchó de allí muy enfadado, prometiendo poner una denuncia a esa casa de locos, al coger la puerta para marcharse se tropezó con un hombre vestido de negro, este se quitó la bufanda y apareció un alzacuellos.
- Hola, Soy el párroco, ¿dónde está el moribundo?
- Lo siento, pero se ha restablecido. – Respondió Don Arturo.
- ¡LO HA MATADO!. – Lloró Bárbara..
- ¿Quién? ¿a quien?. – Preguntó el padre con susto.
- El gato al ratón.
El cura se dirigió a la niña.
- Pese a que nuestro gran San Francisco de Asís,  llamaba hermanos a todos los animalitos, creo que no debo darle la extremaunción, pero no te preocupes, seguro que sube al cielo, a San Martín de Porres le encantan, de hecho cuando hace un milagro, siempre se ve a uno de sus ratoncillos cerca.
- ¿Si?. – Preguntó la niña abriendo mucho los ojos.
- Si, eso dicen...
Bárbara miró a donde estaban sus padres, hablaban muy juntos sentados en el sofá del salón, aunque su madre, parecía escocida con la joven de rojo, luego miró a Milagros, sonreía mirándola a ella.
La guiñó un ojo, y Bárbara le devolvió el guiño, Milagros, acercándose a ella le susurró.
- Ni se te ocurra decirle a tu madre, que tu padre y yo fingíamos... ¿te ha gustado el gato?
- ¡Oh si! ¡muchas gracias!. – Repuso feliz.
- Lo siento por el hangster...
- No importa..., por cierto ¿quién eres?
- Soy una compañera de tu padre.
- ¿Policia?
- Si, y además tengo la carrera de medicina...
- ¡Ohhh!
Y nada..., los padres de Bárbara volvieron a vivir juntos y fueron felices y comieron perdices...
- ¡No hay quien aguante a los padres cuando están juntos!. – Es la frase preferida de la niña en los últimos tiempos.

lunes, 30 de mayo de 2011

El tesoro de mi barrio



Mi barrio es muy hermoso, la plaza de Oriente, el palacio real y sus alrededores, mucha gente envidia la fortuna que tengo de vivir en él, pero su belleza es solo apariencia, me explico:
Hay otra belleza que los turistas y sus habitantes no ven, en concreto voy a hablar de uno de los tesoros que posee este barrio.
No sé su nombre ni tampoco su edad, alrededor de los noventa, es hombre y muy activo, a veces cuando iba a trabajar por la calle Arenal me cruzaba con él, no sabía de donde venía a hora tan temprana, hasta que un día le vi con unos churros para desayunar colgando de la mano, venía del callejón de San Gines probablemente, tiene unos ojos azules, vivarachos y bondadosos, es cargado de espaldas pero esto no le impide atender a su hijo de unos sesenta años, que camina con un andador...
Habla mucho con los jóvenes desconocidos y a todos hace reír, a mí me dijo un día con simpatía. -  ¡Menos tabaco y más jamón serrano!
Le sonreí, es imposible no sonreír a un ángel como él.
Su hijo minusválido, no conozco la razón, pasea por la calle Mayor y aledaños siempre en su compañía, muchas veces pienso que la gente se compadecerá de ellos.
Pero hay alguien que no les compadece sino que siente envidia, es una persona inteligente, de buen ver, admirado, sin problemas económicos, pero que no ha tenido el calor de una familia verdadera, esta persona me confió una vez que ese hombre era el padre que le hubiera gustado tener, y que cuando muriera, su hijo tendría la satisfacción de haber disfrutado de él durante muchos años y su recuerdo llenaría el resto de sus días.
No le daban ninguna compasión, ni el uno por su vejez, ni el otro por su minusvalía.
Todo lo contrario, cada vez que los veía se sentía más pobre y vacío.
En Navidad, en verano, en todas las épocas, se los seguía encontrando  y pensaba que realmente en el mundo existía un rayo de luz, y era el amor que se profesaban ese padre y ese hijo que todos los días recorrían el Madrid de los Austrias en compañía y con las dificultades que a ambos les suponía el caminar.
Cuando existe el amor nada hay imposible, ni siquiera la felicidad...