Tres gorriones arribaron hasta mi venta,
buscaban el alimento como cada mañana,
uno intentaba comer, más otro el pan le quitaba,
este, siempre hambriento y desorientado,
mientras los otros se hartaban.
No podía asistir a la vista de un marginado,
di un golpe en el cristal para asustar a esos pájaros,
volaron los tres, para mi decepción y chasco,
en el alféizar, las migas quedaron.
Al rato oí los gorjeos de los gorriones volados,
estaban de vuelta, me acerqué a observarlos,
el hambriento comía tranquilo, se sabía a salvo,
los compañeros, entre picotazo y picotazo,
vigilaban por si acaso.

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