
Era un viejo avaro y egoísta, todo el pueblo le despreciaba y le temía, pero nadie habría osado plantarle cara porque el pueblo entero le debía mucho, había arreglado el retablo del altar de la pequeña iglesia gótica, había construido la escuela, incluso había costeado el empedrado de las calles, pero su última hazaña era haber comprado un hermoso y gran reloj para el ayuntamiento, un reloj que dirigía acompasadamente y sin demora el ritmo del pueblo, en una época en que no existían los relojes de pulsera, esto era el colmo de la modernidad, muchos, los mas cultos habían aprendido a leer la hora en el reloj de la plaza, hasta los niños, pronto se convirtió en el centro de la vida diaria del pequeño pueblo perdido entre trigales.
Un día el viejo avaro y egoísta murió, el pregonero del pueblo comenzó a gritar.
- ¡Por orden del señor alcalde se hace saber... que el notario abrirá el testamento de Don Álvaro mañana a las doce en punto..., si nadie se presenta... el dinero se lo quedará el ayuntamiento¡
La codicia se apodero de los corazones de los aldeanos. Ese viejo arisco no tenía descendencia, mira que si la herencia fuera para alguno de ellos, todos tenían virtudes que el anciano podía haber admirado, la cultura del medico, la sabiduría del boticario, la responsabilidad de la maestra, uno a uno, todos los pueblerinos descubrieron la enorme cantidad de virtudes que poseían, y lo merecedores que eran de obtener parte de la herencia, estarían bien pendientes de la hora el lunes por la mañana.
En casa del alcalde la esposa de este insinuó a su marido.
- Mira Pablo, yo creo que lo que deberías hacer es parar el reloj a las once para que nadie se presente a la cita, así... el notario comprobará lo poco que se merecen nuestros vecinos la herencia, y todo será para la alcaldía, y ¿quién sabe? Quizás algo sea para nosotros.
El alcalde escuchaba a su mujer mientras masticaba lentamente su comida, cogió la botella de vino y contestó con sonrisa codiciosa. – Todo se andará mujer...
Serafín labraba bajo el sol, era un hombre sencillo y humilde, completamente analfabeto, era un hombre bueno, aunque nadie le entendiera completamente, no pasaba nadie por sus campos, forastero o vagabundo que no recibiera un plato de comida, y no había día que no interrumpiera su labranza para rezar de rodillas el ángelus, conocía la hora mirando al sol, él no necesitaba oír las campanas de la iglesia ni el reloj del pueblo...
Por todo esto, todo el pueblo le miraba un poco por encima del hombro, era bueno pero tonto, ni siquiera sabía leer la hora del hermoso reloj de la plaza. Era, en resumidas cuentas, un pobre hombre...
También él escucho la noticia al llegar a casa, su mujer se lo anunció con sencillez. – La herencia será para los que sepan leer la hora del reloj no para nosotros que somos analfabetos...
Serafín calló y siguió comiendo su plato de migas con calma.
A la mañana siguiente, un coche de caballos se detuvo en la plaza, un caballero se apeó de el y mirando la hora del reloj de cadena que llevaba metido en el bolsillo de su chaleco entró en el ayuntamiento, eran las once y media, saludó al alcalde.
- Todavía es pronto esperaremos...
El alcalde sonrió, el notario no había reparado en la hora del reloj de la plaza que el había detenido en las once.
El medico recibió una visita, le requerían en una casa vecina, paso por la plaza, eran las once, tenía tiempo de sobra para volver y hacer la visita tranquilamente, era una simple gripe lo que aquejaba a su paciente.
La maestra daba la lección a sus alumnos, aunque nerviosa e inquieta por oír las campanadas del reloj que anunciaban la hora del recreo y su esperada salida al ayuntamiento, pero estas no sonaban, la espera se le hacía interminable, ¿producto de sus ansias de riquezas?
El boticario también esperaba impaciente pero como miró al reloj que estaba enfrente de su botica y marcaba las once se tranquilizo y se dirigió a la trastienda a preparar unos ungüentos para el reuma de Doña Paquita.
Hasta el sacristán asomó la cabeza por la puerta de la iglesia para dar las campanadas que avisaban a las viejas aldeanas del rezo del ángelus, pero vio con sorpresa que solo eran las once de la mañana y volvió a la sacristía.
El pueblo parecía haberse detenido.
En sus tierras de labor Serafín, que llevaba las mangas arremangadas se las colocó con sumo cuidado en su sitio, se abrochó los botones y se puso una chaqueta de pana que llevaba todos los días a la misa dominical, miró el sol, por su altura serían las doce menos cuarto, cogió el camino que llevaba al pueblo, y se dirigió a la plaza, miró el reloj, marcaba las once, pero como el no sabia leer la hora no hizo caso de el y entro en el ayuntamiento.
Subió las escaleras del edificio y en la primera planta se detuvo ante el despacho del alcalde. Con los nudillos llamó a la puerta con tres breves toques.
- Adelante. – Se escuchó una voz.
El notario había respondido a la llamada y Serafín entro en el despacho ante la mirada atónita del alcalde que se mordía los labios de pura rabia.
El notario le felicitó por su puntualidad, volviendo a mirar su reloj afirmó. – Son las doce en punto, la hora de abrir el testamento, si nadie mas se presenta no es mi problema avisados estaban.
El notario comenzó a leer. – Yo, Don Álvaro de Tejeiro y Guillén, estando en posesión de todas mis facultades y conociendo como conozco a mis convecinos, lego todas mis posesiones a aquel que se digne asistir a la apertura de mi testamento, si nadie asistiera a esta, mis posesiones pasarían a ser posesión del ayuntamiento para obras sociales y para bien de la comunidad, yo Don Álvaro doy fe de que el único que merece ser poseedor de mis bienes es el buen Serafín cuya caridad siempre he envidiado, conociendo como sé que conoce la hora por la altura del sol y por su pía religiosidad estoy seguro de que asistirá el primero.
El alcalde estaba lívido, el notario leía tranquilamente y Serafín tuvo que sentarse en una silla para recobrar el aliento mientras el caballero leía la lista de los innumerables bienes que le habían sido legados.
Cuando la noticia llegó a oídos de los aldeanos, y descubrieron la traición del alcalde, por otra parte ya esperada por Don Álvaro, decidieron destituirle de su puesto y poner en él, al buen Serafín, ya rico, pero este lo denegó, pues quería seguir trabajando sus tierras... a su juicio quedó elegir un nuevo y honrado alcalde...
Me gustó mucho : Saludos
ResponderEliminar